Soberanía tecnológica: democracia, datos y gobernanza en la era digital

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Los investigadores Ekaitz Cancela y Aitor Jiménez han redactado el informe La Economía Política del Capitalismo Digital en España, punto de partida para el ciclo de conferencias, organizado por el Instituto 25M Democracia, titulado Soberanía tecnológica: democracia, datos y gobernanza en la era digital. Este se desarrolló a mediados de diciembre. En este ciclo participaron, entre otros, Juan Carlos Monedero, el intelectual bielorruso Evgeny Morozov, la abogada Renata Ávila o el economista y candidato a la presidencia de Ecuador, Andrés Arauz. Charlamos con Cancela y Jiménez sobre la importancia de la soberanía tecnológica en el panorama político global y la posición en la que se encuentra la Unión Europea y el Estado español en esta materia.

-¿Por qué consideran que es importante reflexionar sobre la soberanía tecnológica en este momento?

-En estos tiempos, no hay soberanía política sin soberanía tecnológica. Esto no lo decimos nosotros, sino la Comisión Europea, Francia e incluso Alemania. A nivel geopolítico, tanto China como Estados Unidos han desarrollado sus propias economías digitales mientras la Unión Europea se quedaba a la zaga. Las respuestas de Angela Merkel y Emmanuel Macron han pasado por implementar nuevas viejas políticas para mantener a salvo la libertad de los mercados, esperando que eso salve a sus industrias. De manera breve: esto es una ilusión con pocas o nulas posibilidades de tener éxito. El desarrollo del capitalismo ha dejado fuera de los mercados del siglo XXI a las empresas europeas, quienes llegan tarde a desarrollar lo que en los debates bruselenses se llaman campeones nacionales. No tienen ni la capacidad de innovación suficiente ni el poder político para llevarlo a cabo.

En este sentido, no hay una sola política a nivel europeo que tenga en cuenta la posición de subalternidad de España en la economía digital. Tampoco una mínima voluntad por salvar a las pequeñas y medianas empresas nacionales. Este país camina hacia ser una colonia de Estados Unidos y China, gestionada por Alemania de acuerdo a los criterios de libre mercado. No podemos dejar que esto suceda y hemos de pensar en alternativas distintas a las del capitalismo. Sus promesas no salvarán a los ciudadanos españoles de más dosis de pobreza y desigualdad.

-Ayer mismo se cayó Google durante un tiempo. Nos sirvió para darnos cuenta de cómo, en buena parte, el funcionamiento del mundo depende de un oligopolio. ¿Alguna enseñanza que debamos sacar de lo de ayer?

-Efectivamente, Google sufrió ayer una caída de sus servicios Gmail, YouTube y Hangouts, paralizando el trabajo de muchos españoles. Esto refleja hasta qué punto España es dependiente de una empresa estadounidense para desarrollar las actividades más básicas del día a día, lo cual se debe a un hecho bastante sencillo: las estructuras fundamentales de la vida económica, social y política de un país dependen de tecnologías en propiedad de corporaciones extranjeras sobre las que no tenemos herramientas democráticas de control. La mitad de los españoles se comunica y accede a noticias por medio de redes sociales que operan en algunas de las plataformas de Facebook, la corporación que domina la esfera pública. Cerca de un 80% de los teléfonos móviles que usamos a diario funcionan con el sistema operativo de Google o Apple. Por no hablar del dominio casi absoluto que esta compañía ejerce sobre su buscador, la principal puerta a Internet de 9 de cada 10 usuarios. Otro ejemplo: dos tercios del Ibex-35 tienen sus servidores alojados en la nube de Google, Microsoft o Amazon. Por no mencionar las universidades españolas, cuyos correos se encuentran desde hace años en estas compañías. La pandemia no ha hecho más que acelerar estas dinámicas y expandirlas hacia otros ámbitos de la educación o incluso de la sanidad.

Entonces, no se trata meramente de que dependamos de tecnologías extranjeras, sino de que aspectos significativos que antes pertenecían a la soberanía de los Estados, ahora están gobernados por algoritmos sobre los que solo jueces de los Estados Unidos tienen algún poder. España ha abandonado las infraestructuras de la nueva economía que ahora son necesarias para desarrollar adecuadamente tareas que antes eran analógicas. Un país soberano no puede depender de otro para llevar a cabo sus tareas más básicas, mucho menos aquellas que son estratégicas o que conciernen a la salud o la educación de la población.

-¿Qué papel están jugando las grandes corporaciones tecnológicas en la creación de una nueva ideología que reproduce el modo de actuar capitalista?

-Puede que exista cierta confusión sobre Silicon Valley debido a la hegemonía cultural que han alcanzado en la última década. Hemos de entender que el capitalismo digital no representa una nueva ideología, como proclaman profetas como Elon Musk o Peter Thiel, y mucho menos un capitalismo más justo o una mayor movilidad social. Debajo de toda la capa hightech y los discursos sobre innovación se esconde el viejo lobo del neoliberalismo, siempre ansioso por desmontar lo poco que queda del estado de bienestar. El discurso sobre la eficiencia y la automatización de las administraciones esconde la externalización y los recortes por otros medios. Lo que venden, y lo que con tanto ahínco parecen desear los ministerios de Economía es hacer más con menos.

Así ha sucedido en administraciones de Estados Unidos o incluso de Suecia, donde se pusieron en marcha procesos de automatización en la asignación de prestaciones sociales. Con ello, argumentaron las autoridades, se eliminarían ineficiencias, podrían reducir “costes” (para el neoliberalismo la solidaridad y el cuidado es un coste), pudiéndose además prescindir de trabajadores en la administración. Con ese señuelo, se comenzaron a aplicar estos procesos automatizados. De la noche a la mañana, decenas de miles de ciudadanos se vieron privados de prestaciones básicas, fundamentales para pagar sus rentas o alimentos. Entonces, las administraciones se escudaron en la científica asepsia de los algoritmos. No obstante, las posteriores auditorías han revelado miles de “errores” que llevaron a situaciones críticas a las familias más necesitadas. No hay tecnología neutral cuando esta se enmarca en las lógicas capitalistas. Estos algoritmos “eficientes” que supuestamente van a llegar para transformar nuestras administraciones están escritos, literalmente, en un código neoliberal que automatiza la la exclusión.

En este sentido, debemos tener en cuenta otras cuestiones más allá de las bondades de la tecnología para entender los planes para digitalizar la administración pública que se desprenden de las distintas estrategias que ha presentado recientemente el Gobierno español, como la Estrategia Nacional de Inteligencia Artificial, la Agenda Digital o el Fondo Next Generation.

-Cada ser humano, a través de las aplicaciones, se convierte en un apéndice más del mercado. ¿Cuál ha de ser el papel del Estado?

-El Estado debe utilizar todos los mecanismos a su disposición para establecer políticas públicas capaces de cambiar el terreno de juego digital, no para adaptarse a las lógicas existentes.

En primer lugar, ello implica una medida urgente: expulsar los mercados de la vida de los ciudadanos y con ello a las plataformas privadas estadounidenses que han colonizado cada ámbito de nuestra vida. El siguiente paso es financiar y desarrollar plataformas alternativas que puedan ofrecer los servicios públicos que ahora están en manos de empresas privadas.

Todo ello debe ir de la mano de otras iniciativas, como fomentar tecnología que permitan métodos de coordinación social distintos a los de los mercados, o formas de planificación económica donde se pueda organizar la producción de manera menos dependiente de las burocracias centrales. Hablamos de que el Estado, como tantas otras instituciones, debe reimaginarse para adaptarse a la nueva era.

-¿Qué alternativas hay? ¿Cómo se puede combatir esto?

-No hay, ni puede haber respuestas universales y absolutas a una problemática que atraviesa tantas dimensiones. Tampoco pueden ser dictadas desde la torre de marfil de los intelectuales, sino que deben debatirse de manera democrática y además tener en cuenta algunas preguntas más antiguas. ¿Cómo podemos hacer para que las burocracias (y no sólo los algoritmos) no discriminen por género o raza? ¿Cómo hacer para que la esfera pública pertenezca a la ciudadanía y no a una compañía privada? ¿Qué instrumentos podemos desarrollar para evitar que compañías explotadoras no reescriban el estatuto de los trabajadores? ¿Podemos evitar que compañías como Telefónica, que reciben fuertes inversiones públicas, subasten las infraestructuras digitales que hemos sufragado entre todas firmando alianzas con Google, Facebook o Microsoft? Como puede verse, muchas son las líneas de fractura de las sociedades actuales. Algunas vienen provocadas por decisiones antiguas, como las privatizaciones, y otras han nacido recientemente como una respuesta de dudosa efectividad a dichos problemas, lo cual ha generado nuevas crisis.

Para empezar, es preciso que los responsables políticos se tomen en serio la cuestión de la soberanía digital, pues en ello nos va el futuro de la industria o la democracia. También que respondan a algunas de las preguntas señaladas teniendo en cuenta una cuestión básica. ¿Es necesario digitalizarlo todo? ¿De veras las estudiantes de primaria necesitan tener una cuenta en Google, o incluso de un servicio público? ¿Es necesario educarse telemáticamente y estar formados en competencias digitales diseñadas por grandes corporaciones con la única intención de ser trabajadores y consumidores perfectos? ¿Queremos que un algoritmo determine nuestra prestación de desempleo? En resumen, para combatir al capitalismo digital, es necesario tomarlo como lo que es, un problema político de primer orden que nos afecta como país y como personas. También entender que el problema no es sólo su componente digital, sino el propio capitalismo en sí mismo.

-En este mundo hipertecnologizado, ¿en qué situación se encuentra la Unión Europea? ¿Y el Estado español?

-La Unión Europea, y el Estado español especialmente, se encuentran ante una situación de brutal dependencia tecnológica, derivada de no haber podido sobrevivir a la competencia entre Estados Unidos o China. Aquello que muestra sus vulnerabilidades críticas se expresa a muchos niveles: seguridad, comunicaciones, libertades… Esta situación no solo amenaza a la llamada competitividad económica de las empresas europeas, que es como lo han planteado algunos, sino al proyecto de integración de la Unión en sí mismo. Se trata de la pérdida de autonomía política derivada de la incapacidad para desarrollar, no solo las tecnologías, sino las infraestructuras necesarias para que estas puedan llegar al común. Después de todo, ¿qué es una entidad política que no puede garantizar la seguridad, la educación o el progreso de su ciudadanía y tiene que depender de una empresa como Amazon?

Conscientes de esta situación, buena parte de los planes de estímulo para la recuperación post-covid se han dedicado a financiar la llamada transformación digital y verde. Desgraciadamente, el diseño de estos planes solo va a derivar en una de las más gigantescas transferencias de dinero público a manos privadas, en una suerte de nueva vieja privatización, impulsada en buena medida por el Ibex-35. Estas son compañías que buscan obtener beneficios y repartir dividendos. Con ello cumplen con la lógica, para la que nacieron, de ser instrumentos para acumular capital. Para salir de esta situación de dependencia y pérdida de soberanía Europa, España no necesitan a las grandes corporaciones, sino invertir en plataformas públicas y revertir buena parte de los procesos de integración iniciados en Maastricht.

Fuente cuartopoder
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4 Comentarios
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