Por Rubén Camacho Astudillo, CEO de INSITEK.
Dicen que antes el amor era de cartas escritas a mano, con errores de ortografía que te hacían sonreír en vez de juzgar. Amor de serenatas cantando horrible, pero eso si con el corazón en la mano, de esperar semanas una respuesta, de caminar cuadras solo por verla salir cinco minutos a la ventana. Hoy el amor te llega con una notificación. Lo conoces por una app, te enamoras por emojis, y la dejas en visto si ya no te interesa. Y eso, en este mundo tan gobernado por la tecnología, es perfectamente normal.
Ahora puedes conocer a alguien sin jamás haberle visto la cara sin filtro, sin haberle olido el perfume, sin saber si su voz te eriza la piel o te la duerme. Puedes tener una relación completa por mensajes, amor de chat, de videollamada, de reacciones y también puedes terminarla con solo un “ya no siento lo mismo, cuídate” enviado por WhatsApp. Sin llanto, sin conversación, sin cierre. Solo dos palomitas azules… y listo, te rompieron el corazón digitalmente.
¿Y qué decir del poder que tiene hoy un simple “visto”? Cuántas discusiones de pareja han comenzado por ese maldito doble check que confirma que sí leyó, pero no contestó. La ansiedad que genera esperar una respuesta, las ideas que se arman en la cabeza, el: “¿por qué no me responde si está en línea?”, “¿a quién le está contestando primero?”, “¿ya no me quiere?” … Vivimos con el corazón y nuestras emociones dependiendo constantemente del uso de la tecnología.
Lo más triste es que muchos ya ni se sorprenden. Porque ya se volvió común que alguien te diga “te amo” un día, te bese con fuerza, te jure que eres “lo mejor que le ha pasado”, y al siguiente… ya está saliendo con alguien más. Así, como si nada. Y si preguntas qué pasó, te dicen que se enamoraron rápido, que no querían sufrir, que fue algo inesperado. Pero la neta es que no fue nada. Solo están vacíos, vacíos buscando amor exprés, miedo a estar solos, emociones que no duran ni una semana. Dejan ir a personas que realmente importaban, que les daban amor del bueno, solo porque se les cruzó algo nuevo, más fácil, más inmediato.
Y qué peligroso es eso. Porque cuando amar ya no implica compromiso, ni profundidad, ni respeto por lo vivido, todo se vuelve intercambiable. Ya nadie llora una despedida, ya nadie se pregunta si está haciendo daño, solo buscan reemplazar, saltar ni siquiera soltar, distraerse., llenar el hueco con alguien más.
En las relaciones de hoy, el tercero en discordia ya no es una persona, es ¡EL CELULAR! Vas a cenar con tu pareja, y en vez de disfrutar el momento, ambos están revisando sus redes. Cada uno en su mundo, pero sentados frente a frente. Suben una selfie juntos, la editan, le ponen filtro, le escriben “te amo” en los comentarios… pero no se dijeron ni una palabra sincera en toda la noche. Hoy es más importante la historia que vieron tus seguidores que la historia que construyes en la vida real.
Y claro, ahí están las apps para ligar, Tinder, Bumble, Grindr, Hinge, lo que quieras. La promesa de encontrar a tu “persona ideal” con solo deslizar el dedo. Pero muchas veces no buscas amor, buscas validación rápida, atención momentánea, o simplemente sexo sin compromisos. Y eso no está mal si ambas partes lo tienen claro. El problema es cuando alguien se ilusiona y el otro solo quiere pasar el rato. Ahí es cuando llegan los famosos “ghostings”, esas desapariciones sin explicación. Un día te dicen que eres especial, y al siguiente, ya no existes. No hay despedida, no hay “ya no quiero”, no hay nada. Solo te eliminan. Como si borrar un match fuera borrar una conexión real.
Y eso es parte del problema: hemos confundido la facilidad de comunicarnos con la profundidad de conectar. Ahora puedes mandarle un mensaje a una persona del otro lado del mundo, puedes tener una videollamada con tu pareja mientras uno desayuna y el otro cena, puedes incluso mantener una relación a distancia durante años sin verse. Y eso, sí, es maravilloso, pero al mismo tiempo, ha hecho que el amor se vuelva cómodo. Ya no necesitas esforzarte, ya no necesitas creatividad, ya ni siquiera necesitas palabras propias.
Hoy, es común ver a personas preguntándole a ChatGPT qué decirle a su pareja cuando están en problemas. “Escríbeme una carta de amor para mi novia”, “hazme una disculpa bonita”, “cómo le digo que lo extraño sin sonar intensa”. Y la IA, claro, te lo escribe. Perfecto. Romántico. Emocionante. Pero no es tuyo, no lo sentiste, no lo pensaste, solo lo copiaste y lo pegaste. El amor se volvió un copy-paste con palabras ajenas que suenan mejor que las tuyas, pero que no llevan tu alma.
Y cuando esas personas se ven en persona, se dan cuenta de que no hay química, no hay tema de conversación, no hay chispa. Porque lo que los unió fue una versión mejorada de sí mismos: la que planificó cada respuesta con ayuda de una IA, la que corrigió cada error gramatical, la que evitó ser vulnerable porque tenía quien lo guiara. Pero el amor verdadero no es perfecto. El amor real tartamudea, duda, comete errores, pero lo hace desde el corazón.
También hay que hablar de los celos digitales. Porque sí, antes te daban celos si veías a tu pareja platicando con alguien en una fiesta. Hoy te dan celos porque le dio like a una foto. Porque comentó con un emoji. Porque sigue a su ex. Porque subió una historia sin ti. ¿Y qué hacemos? Reclamamos, reaccionamos, espiamos, porque el celular no solo es una herramienta, es un campo minado emocional.
Y no olvidemos lo más oscuro: los riesgos reales. Hoy, cualquiera puede hacer un perfil falso, robarte tus fotos, hacerte creer que está enamorado de ti, y terminar estafándote. Y esto le pasa a adultos, pero también a niños y adolescentes que entran a internet buscando cariño y terminan siendo víctimas. El amor digital, si no se maneja con conciencia, se convierte en una trampa.
Entonces, sí. La tecnología ha facilitado muchas cosas. Ha permitido mantener relaciones a distancia, reconectar con amores perdidos, expresar lo que a veces no nos atrevemos a decir en persona. Pero también ha dañado, ha hecho que el amor sea más rápido, más desechable, más superficial.
Hoy podemos enamorarnos de alguien que nunca hemos visto. Y también podemos desenamorarnos sin decir una sola palabra. Basta con dejar de contestar. Basta con no volver a aparecer. ¿Qué tan humanos seguimos siendo cuando tratamos al amor como si fuera un chat que puedes cerrar cuando te aburre?
Nos estamos volviendo expertos en conexiones instantáneas, pero analfabetas emocionales. Sabemos mandar un mensaje perfecto, pero no sabemos tener una conversación incómoda. Sabemos pedir disculpas con ayuda de una IA, pero no sabemos mirar a los ojos y decir: “la cagué”. Sabemos decir te amo por texto, pero no sabemos sostenerlo en el día a día. Estamos creando una generación que ama con los dedos, no con el pecho. Que enamora con filtros, no con esencia. Que siente en emojis, no en caricias.
Y entonces, ¿qué nos queda? Nos queda resistir. Nos queda recordar que el amor de verdad no necesita internet. Que lo más bonito de amar no es lo que posteas, sino lo que no necesitas contarle a nadie. Nos queda volver a usar nuestras propias palabras. Volver a equivocarnos al escribir “te amo” y no borrar la falta de ortografía. Volver a sentir miedo al confesar lo que sentimos, sin pedirle permiso a una inteligencia artificial.
Porque el amor no se programa, no se automatiza, no se genera por comando. El amor de verdad no es perfecto, ni viral, ni descargable. El amor se construye, se vive, se siente, con errores, con dudas, con todo lo que nos hace humanos.
Así que, la próxima vez que quieras decir algo importante, no lo mandes por mensaje. Dilo tú a los ojos, que te tiemble la voz, que duela si tiene que doler, pero que sea real.
Porque si seguimos dejando que la tecnología ame por nosotros, nos vamos a quedar con relaciones perfectas… pero vacías, relaciones de pantalla, sin alma, amores intercambiables y corazones que ya no sienten, solo esperan que llegue un nuevo mensaje…




