Durante años hemos hablado de la desinformación como si fuera un problema político, social o mediático. Como algo difícil de medir. Casi abstracto. Pero ya no lo es. Ahora tiene cifra. Y la cifra es enorme. La desinformación costó a la economía mundial unos 417.000 millones de dólares en 2024. Dicho de otra forma: hablamos de una cantidad equivalente a cerca del 24 % del PIB de España. Nunca antes se había intentado calcular su impacto económico global de una manera tan completa y con una metodología científica comparable a la que se utiliza para estudiar el cambio climático.
El dato forma parte del informe The Global Economic Impact of Disinformation, elaborado por Sopra Steria, que analiza por primera vez el impacto económico de la desinformación desde una perspectiva financiera, social y política. El resultado dibuja un escenario inquietante: la desinformación ya no es solo un problema de información falsa, es un problema económico estructural.
Porque la economía moderna funciona sobre dos pilares invisibles: la información y la confianza. Si uno de los dos se rompe, todo empieza a fallar. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Cuando la mentira mueve dinero
La mayor parte del impacto económico de la desinformación se produce en el ámbito financiero. No hablamos solo de manipulación política o propaganda. Hablamos de algo mucho más cotidiano y, precisamente por eso, más peligroso.
Reseñas falsas que influyen en decisiones de compra. Rumores que afectan a la cotización de empresas. Fraudes que utilizan inteligencia artificial para suplantar identidades. Páginas web que generan ingresos publicitarios difundiendo contenido falso. Estafas vinculadas a criptomonedas o inversiones ficticias. Todo eso forma parte de la economía de la desinformación.
Uno de los ejemplos más claros es el de las reseñas falsas. El informe estima que en 2024 unos 227.000 millones de dólares del gasto de los consumidores estuvieron influidos por valoraciones fraudulentas en internet. Es decir, millones de decisiones de compra basadas en información manipulada.
Esto tiene una consecuencia económica muy concreta: el dinero no va a las mejores empresas, sino a las que mejor manipulan la información. Y eso distorsiona el mercado.
La desinformación, en ese sentido, no solo engaña a los consumidores. También penaliza a las empresas honestas y premia a quienes manipulan mejor la percepción.
Deepfakes, fraudes y el fin de la confianza digital
Otro de los fenómenos que más está creciendo es el fraude basado en inteligencia artificial, especialmente los deepfakes. La clonación de voz o imagen permite simular llamadas de directivos, videoconferencias falsas o instrucciones financieras aparentemente legítimas.
Ya no se trata del clásico correo fraudulento mal escrito. Ahora el fraude puede tener la voz de tu jefe y su cara en una videollamada.
El problema no es solo el dinero que se pierde en estos fraudes. El problema es que se empieza a romper la confianza en los canales de comunicación. Si cualquier llamada o vídeo puede ser falso, toda comunicación se vuelve sospechosa. Y una economía sin confianza funciona peor, invierte menos y crece más despacio.
El impacto social y político también se paga
La desinformación no solo afecta a empresas o mercados. También tiene un coste social y político que termina teniendo consecuencias económicas.
Las campañas antivacunas, por ejemplo, generan costes sanitarios. La polarización reduce el consumo y la inversión. La desconfianza en las instituciones frena reformas económicas. Las interferencias electorales obligan a invertir más dinero en seguridad y procesos democráticos.
El informe calcula que el impacto social puede alcanzar casi 20.000 millones de dólares y el político más de 40.000 millones. Son cifras menores que las financieras, pero muestran algo importante: la desinformación afecta al funcionamiento completo de la sociedad, no solo a internet o a los medios.
La gran paradoja
Hay un dato del informe que resume muy bien el problema. Mientras que la desinformación genera miles de millones de dólares al año, el presupuesto global dedicado al fact-checking no llega a los 100 millones. Es decir, el sistema económico actual premia mucho más la desinformación que su corrección.
Es una paradoja peligrosa, porque significa que la desinformación no es solo un problema ideológico o tecnológico, sino también un modelo de negocio.
Como la ciberseguridad hace veinte años
El informe plantea una idea interesante: la desinformación debería tratarse como hoy se trata la ciberseguridad. Hace veinte años, muchas empresas pensaban que los ciberataques eran un problema técnico, algo que debía resolver el departamento de informática. Hoy se consideran un riesgo estratégico que afecta a toda la organización. Con la desinformación puede pasar lo mismo.
Una campaña coordinada puede provocar una caída bursátil, un boicot de consumidores, una crisis reputacional o un fraude financiero. Por eso cada vez más empresas e instituciones están desarrollando sistemas para detectar deepfakes, monitorizar riesgos reputacionales o identificar campañas de manipulación informativa. La desinformación empieza a gestionarse como un riesgo empresarial.
Un problema que no ha hecho más que empezar
Lo más preocupante no es la cifra actual, sino la tendencia. La inteligencia artificial generativa, los deepfakes, la polarización política, la economía de la atención y las redes sociales han creado el entorno perfecto para la industrialización de la desinformación.
Ya no hablamos de rumores o noticias falsas aisladas. Hablamos de sistemas organizados capaces de influir en mercados, empresas, elecciones y sociedades enteras.
La desinformación, en realidad, siempre ha existido. Lo que ha cambiado es la escala, la velocidad y el dinero que mueve. Y cuando algo mueve cientos de miles de millones al año, deja de ser un problema de comunicación para convertirse en un problema económico global.




