OpenAI ha vuelto a mover ficha en la carrera por la supremacía de la inteligencia artificial. La compañía firmó un acuerdo estratégico con Amazon Web Services (AWS) para ampliar masivamente su capacidad de cómputo, en una operación cuyo valor global podría superar los 38.000 millones de dólares en los próximos años. El objetivo: disponer de la potencia energética y computacional necesaria para entrenar y ejecutar la próxima generación de modelos avanzados, incluido el futuro sucesor de GPT-5.
El movimiento llega en un momento en el que OpenAI ya había asegurado una de las alianzas de infraestructura más llamativas del sector con CoreWeave, proveedor especializado en computación acelerada por GPU. Esa relación, anunciada en varias fases durante 2025, implica compromisos que rondan los 22.400 millones de dólares, incluyendo incluso participación accionarial de OpenAI en la empresa.
En otras palabras: OpenAI ya no está comprando servidores; está construyendo un ecosistema energético-industrial para la inteligencia artificial. Y lo está haciendo a dos manos: con un gigante del cloud tradicional (AWS) y con el que muchos llaman el “nuevo titán HPC” de la era IA (CoreWeave).
Una infraestructura del tamaño de un país
La escala de este despliegue es difícil de asimilar. OpenAI proyecta superar el millón de GPUs en operación hacia finales de 2025, multiplicando por más de 15 su capacidad de cómputo respecto a 2024. Estamos hablando de sistemas que, combinados, se acercan a decenas de exaFLOPS y consumen energía comparable a la de ciudades enteras.
El CEO de OpenAI, Sam Altman, ha afirmado en varias ocasiones que la inteligencia artificial avanzada requerirá inversiones “cercanas a la escala de proyectos nacionales estratégicos”. Y, sinceramente, no parece exageración: solo los compromisos firmados con CoreWeave y ahora con AWS superan los 60.000 millones de dólares.
A modo de referencia y para poner contexto: el presupuesto anual de un país mediano como Portugal ronda los 110.000 millones. OpenAI está a medio camino. Sin ejército, pero con GPUs.
¿De dónde sale el dinero?
La firma estadounidense prevé ingresar entre 11.000 y 13.000 millones de dólares en 2025, con un crecimiento acelerado gracias a licencias empresariales, suscripciones premium y acuerdos corporativos. Sin embargo, la compañía reconoce que no espera generar flujo de caja positivo hasta cerca de 2029. La inversión actual es, en esencia, una apuesta: conquistar la próxima década de IA exige gastar ahora a un ritmo propio del sector energético o aeroespacial.
Por eso diversifica proveedores, obtiene financiación privada récord y firma contratos escalonados a largo plazo. La nube ya no es simplemente un servicio; es una infraestructura soberana para la economía cognitiva emergente.
CoreWeave vs AWS: aliados, no enemigos… por ahora
Aunque podría parecer que AWS y CoreWeave compiten directamente, la realidad es más estratégica:
- AWS aporta escala global, red, fiabilidad, servicios empresariales y músculo financiero.
- CoreWeave aporta hardware de última generación optimizado para IA, flexibilidad y velocidad de despliegue.
Para OpenAI, combinar ambos es algo más que acceso a máquinas: es asegurar redundancia, geodiversidad y resiliencia ante una demanda que sigue disparándose.
El futuro inmediato: energía, chips y soberanía digital
Esta alianza revela hacia dónde se mueve toda la industria:
- Los chips se han convertido en el nuevo petróleo.
- Las granjas de GPUs son las nuevas centrales industriales.
- Y las alianzas cloud-HPC son la infraestructura crítica del siglo XXI.
No solo Estados Unidos está mirando este tablero. Europa, China y Oriente Medio están acelerando sus planes para no depender de gigantes externos en la próxima economía algorítmica.
Si la primera ola de internet la ganaron quienes tenían servidores; la segunda, quienes tenían datos; esta tercera fase será para los que controlen energía, silicio, escala de cómputo y modelos avanzados.
Conclusión
La alianza entre OpenAI y AWS, sumada al megacontrato con CoreWeave, no es un acuerdo comercial: es una declaración geopolítica sobre el futuro del cómputo mundial. La inteligencia artificial ya no es solo software: es infraestructura crítica a escala continental, y los movimientos actuales definirán quién lidera la próxima década tecnológica.



