Europa lleva años hablando de soberanía tecnológica, pero la mayor parte de esas conversaciones termina en el mismo punto: aunque los datos se almacenen en territorio europeo y el software cumpla la normativa comunitaria, la infraestructura continúa dependiendo de procesadores diseñados y controlados fuera del continente.
Openchip quiere empezar a cambiar esa situación desde Barcelona. La compañía ha presentado BER10, su primer chip físico, un procesador basado en la arquitectura RISC-V con el que pretende demostrar que Europa también puede diseñar silicio avanzado para inteligencia artificial, supercomputación y centros de datos.
El anuncio es importante. No tanto porque BER10 vaya a sustituir inmediatamente a los procesadores de Nvidia, AMD o Intel, sino porque confirma que Openchip ha conseguido superar una de las barreras más difíciles de la industria: pasar de los diseños y las simulaciones a disponer de silicio funcional.
La pregunta ahora es otra: ¿puede ese logro tecnológico convertirse en un producto que las empresas estén dispuestas a comprar?
De una oficina vacía a un procesador funcional
Openchip asegura que comenzó a formar su equipo, adquirir herramientas y construir su cartera tecnológica a principios de 2024. En 2025 completó el envío del diseño a fabricación —el proceso conocido como tape-out— y el 30 de julio de 2026 presentó los primeros chips físicos.
Según la información facilitada por la empresa, BER10 es un procesador RISC-V de 64 bits capaz de arrancar Linux y ejecutar cargas reales. Cuenta con cuatro núcleos de alto rendimiento que procesan instrucciones fuera de orden, una unidad de cálculo vectorial, memoria multicanal y conexiones PCIe y AXI, habituales en sistemas informáticos avanzados. La compañía afirma además que ha utilizado una tecnología de fabricación Gate-All-Around inferior a dos nanómetros.
No se trata, por tanto, de una recreación digital ni de una placa experimental construida únicamente para una demostración académica. Existe silicio que puede ponerse en manos de socios y centros de investigación para probar aplicaciones y validar componentes.
Eso ya supone un avance relevante para una compañía que ha tenido que levantar en poco más de dos años una estructura de ingeniería que actualmente ronda los 300 empleados. El Gobierno español confirmó esa cifra al anunciar una inversión de 115,77 millones de euros a través de la Sociedad Española para la Transformación Tecnológica, la SETT.
Sin embargo, conviene interpretar correctamente el lanzamiento. BER10 no parece ser todavía el procesador que Openchip pretende vender masivamente a los centros de datos. Es, sobre todo, una plataforma industrial con la que validar los bloques que formarán parte de sus futuros aceleradores.
La propia compañía reconoce que su siguiente objetivo es desarrollar su primer producto específico para centros de datos utilizando las tecnologías ya probadas con BER10.
El lanzamiento, por tanto, no representa la llegada a la meta. Representa algo posiblemente más importante en esta fase: la demostración de que el proyecto es técnicamente viable.
La ventaja de construir sobre RISC-V
Una de las claves de BER10 es RISC-V, una arquitectura de instrucciones abierta que cualquier empresa puede utilizar sin pagar las licencias asociadas a otras arquitecturas propietarias.
Esto no convierte automáticamente a BER10 en un chip completamente abierto. RISC-V International aclara que la arquitectura es libre y accesible, pero que los fabricantes pueden desarrollar implementaciones abiertas o propietarias. En otras palabras, lo abierto es el lenguaje básico que utiliza el procesador; los planos internos concretos pueden permanecer protegidos por la empresa que los ha diseñado.
El matiz es importante, aunque no resta valor a la propuesta. Al utilizar RISC-V, Openchip puede diseñar procesadores sin depender de que una empresa extranjera le conceda una licencia, modifique sus condiciones o limite el acceso a determinadas tecnologías.
También permite que Europa participe en la evolución de una arquitectura internacional sin quedar atada a la hoja de ruta de un único proveedor. Para sectores como defensa, sanidad, banca, administraciones públicas o infraestructuras críticas, esa capacidad de inspección y control puede convertirse en un argumento comercial relevante.
Openchip no necesita, por tanto, vencer a Nvidia en todos los escenarios para encontrar un mercado. Puede comenzar ocupando espacios donde la procedencia del hardware, la trazabilidad, la seguridad, la eficiencia energética o la capacidad de personalización tengan tanto peso como el rendimiento bruto.
Un momento político que juega a su favor
BER10 llega en un contexto especialmente favorable. La Unión Europea conserva aproximadamente un 9% del mercado mundial de semiconductores, muy lejos de su objetivo de alcanzar el 20% en 2030. La Comisión Europea reconoce, además, que continúan existiendo dependencias significativas de proveedores no europeos en semiconductores, nube, ciberseguridad y otras tecnologías estratégicas.
El problema no es solamente económico. Las restricciones comerciales, los conflictos geopolíticos y la concentración de la fabricación en un pequeño número de países han convertido los chips en un elemento de seguridad industrial.
Openchip encaja casi perfectamente en esa agenda. Fue fundada en 2021 como una iniciativa del grupo de ingeniería GTD y el Barcelona Supercomputing Center, uno de los centros europeos más activos en supercomputación y arquitecturas avanzadas. Desde entonces ha recibido un volumen considerable de apoyo público.
A los 111 millones de euros vinculados al PERTE Chip se han añadido fondos de la Generalitat de Catalunya y la inversión de más de 115 millones aprobada por el Gobierno a través de la SETT. En conjunto, las aportaciones y operaciones públicas relacionadas con la empresa rondan los 261 millones de euros.
Esta financiación reduce uno de los mayores riesgos de cualquier empresa de semiconductores: el enorme coste inicial. Diseñar un chip avanzado exige contratar ingenieros muy especializados, adquirir propiedad intelectual, pagar costosas herramientas de diseño y reservar capacidad en fábricas externas antes de haber vendido una sola unidad.
Openchip opera bajo un modelo fabless: diseña y comercializa sus procesadores, pero encarga la fabricación a fundiciones especializadas. Es el mismo planteamiento general seguido por numerosas compañías de semiconductores, aunque mantiene una dependencia exterior en la fase industrial.
La soberanía que propone Openchip debe entenderse, por tanto, como capacidad europea de diseño, control y evolución del procesador, no necesariamente como una cadena de fabricación íntegramente localizada en Europa.
Conviene, sin embargo, no leer esa financiación únicamente como una ventaja. Su otra cara es una dependencia notable del capital público. GTD y el Barcelona Supercomputing Center han sido durante años los dos únicos accionistas de la empresa, y la entrada reciente del Estado y la Generalitat ha elevado el control público directo por encima del 20% del capital, con una valoración implícita cercana a los 700 millones de euros fijada, en buena parte, por esas mismas operaciones. Dicho de otro modo: la estructura que hoy sostiene a Openchip descansa mayoritariamente sobre fondos que todavía deben traducirse en ingresos privados.
El propio origen de ese respaldo invita a la cautela. El PERTE Chip, del que proceden los 111 millones iniciales, apenas ha ejecutado una fracción de su presupuesto hasta la fecha, un recordatorio de que aprobar una partida y desplegarla de forma efectiva son cosas distintas. La solidez de la compañía dependerá menos de las cifras anunciadas que de su capacidad para convertir ese apoyo en contratos recurrentes antes de que se agote.
El chip es solo la mitad del producto
El principal obstáculo para Openchip puede no estar en el silicio, sino en el software.
Un procesador para centros de datos necesita sistemas operativos, compiladores, bibliotecas matemáticas, controladores, herramientas de virtualización, plataformas de contenedores y aplicaciones optimizadas. Una empresa puede diseñar un chip muy eficiente y, aun así, fracasar si obliga a sus clientes a modificar todo su software para utilizarlo.
Openchip ha comenzado a abordar ese problema mediante un acuerdo con SUSE. Ambas compañías pretenden optimizar SUSE Linux Enterprise Server, Kubernetes, Rancher y la plataforma SUSE AI Factory para los futuros procesadores y aceleradores RISC-V de la empresa española.
La colaboración contempla soporte para instrucciones vectoriales, integración con entornos de virtualización, administración de grandes conjuntos de dispositivos y ejecución de cargas de inteligencia artificial. No obstante, se trata de un memorando de entendimiento y buena parte de ese trabajo todavía debe desarrollarse y certificarse.
La participación de Openchip en el ecosistema europeo DARE también puede ayudar. Este proyecto, coordinado por el Barcelona Supercomputing Center, reúne a 38 socios de 13 países para desarrollar procesadores, aceleradores y una plataforma completa de software RISC-V destinada a computación de alto rendimiento e inteligencia artificial. Su primera fase cuenta con hasta 120 millones de euros de financiación europea, complementados por aportaciones de los Estados participantes.
Estas alianzas son relevantes porque muestran que Openchip no está intentando construir aislada todos los componentes de un nuevo ecosistema informático.
Lo que todavía falta demostrar
El anuncio de BER10 ofrece detalles sobre su arquitectura, pero no publica algunos de los datos necesarios para compararlo con otros procesadores: frecuencia de funcionamiento, consumo, superficie del chip, rendimiento por vatio, coste de producción o resultados en pruebas independientes.
Tampoco se han anunciado todavía grandes pedidos comerciales, clientes que hayan decidido desplegarlo en producción ni un calendario detallado para el primer acelerador destinado a centros de datos.
La ausencia de esos datos no significa que el producto sea débil. BER10 acaba de presentarse y su función principal parece ser validar tecnología antes de construir sistemas más ambiciosos. Pero impide afirmar, por ahora, que Openchip haya alcanzado el rendimiento o la eficiencia de los fabricantes consolidados.
La diferencia entre una innovación prometedora y una empresa sostenible aparecerá cuando empiecen a conocerse tres elementos: pruebas independientes, contratos comerciales y capacidad de producir los chips con un coste razonable.
A ese respecto, también el calendario se ha desplazado. Si a comienzos de 2025 la compañía situaba su posible rentabilidad a partir de 2027, las referencias posteriores son más prudentes: a finales de ese año, coincidiendo con el envío de su primer prototipo a fábrica, la dirección apuntaba a una producción comercial en torno a 2028, fecha que coincide además con el plazo de ejecución previsto para el proyecto europeo DARE. El examen comercial real, por tanto, llegará más tarde de lo que sugerían las primeras previsiones.
¿Puede tener éxito Openchip?
Sí, puede tenerlo, aunque probablemente no de la manera simplificada que sugieren algunos titulares.
El éxito no debería medirse por la capacidad de desplazar a Nvidia del mercado mundial de la inteligencia artificial. Esa comparación sería desproporcionada para una empresa que acaba de obtener su primer silicio.
Un resultado mucho más realista sería que Openchip se consolidara como proveedor europeo de procesadores y aceleradores para supercomputadores, centros de datos soberanos, administraciones, defensa, investigación científica e infraestructuras críticas.
En esos mercados, disponer de una arquitectura controlada desde Europa puede justificar la elección de un producto aunque no lidere todas las clasificaciones de rendimiento. Las compras públicas, las instalaciones de EuroHPC, las futuras fábricas de inteligencia artificial y los proyectos europeos de infraestructura pueden proporcionar los primeros entornos de implantación.
La financiación pública le ha permitido ganar tiempo, contratar talento y completar una primera prueba tecnológica. Ahora debe transformar esa ventaja en productos competitivos y clientes recurrentes.
BER10 no demuestra todavía que Openchip haya ganado la carrera europea de los semiconductores. Sí demuestra algo que hace apenas dos años era mucho menos evidente: que una empresa nacida en España puede reunir un equipo avanzado, completar el diseño de un procesador RISC-V y recibir silicio funcional fabricado mediante una tecnología de vanguardia.
No es una garantía de éxito comercial, pero tampoco es una promesa vacía. Es el punto en el que la soberanía tecnológica deja de ser únicamente un discurso político y empieza a tomar forma física.
El verdadero examen llegará con el siguiente chip.







